L.

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martes, 17 de julio de 2012

ES DIFÍCIL


Es difícil saber a la edad a la que vas a morir. Quita el sueño. Es aún más difícil saber la fecha exacta. La hora, los minutos. Las circunstancias. Es una tontería, la verdad, si lo piensas. ¿Para que quiero yo saber las circunstancias en las que voy a morir? Si, igualmente, no puedo hacer nada para impedirlo. Es más, el futuro de millones de personas depende de este hecho tan simple. Resulta estresante. Yo nunca pedí este destino. Pero van y me sueltan la verdad en toda la cara sin más. Sin previo aviso, como si fuera un jarrón de agua fría. Se veía venir, de alguna manera. Sabía que me podía pasar a mí. Pero las posibilidades eran pocas. Pero lo que no entiendo es por qué tienen que hacerlo así. Hubiero preferido no saberlo. Por lo menos lo mío no es tan trágico como lo de aquella chica, Annabelle. Se tuvo que suicidar. Y justo un día después de enterarse de que su madre tenía cáncer, para colmo. Y la única razón por la que la mujer no siguió los pasos de su hija es porque ella se lo hizo prometer. Por carta. Pero la enfermedad pudo con ella. Pero eso Annabelle ya lo sabía, por supuesto. Podía verlo. Y ahora yo también puedo verlo. Resulta muy curioso ver a la gente caminar por la calle, y ver una especie de cordón azulado que les sale del brazo izquierdo. Si no prestas atención, hasta dejas de verlo, porque es casi invisible. Pero desde que soy capaz de hacerlo, he estado prestando atención a cada una de las personas que pasan delante mío por la calle. En más de una ocasión he llegado a alargar la vida de alguien. Eso sí que está permitido. Tendría que estar más preocupada o estresada por mi propia muerte, pero he decidio que lo que tiene que pasar va a pasar. Es inquietante saber a la edad a la que vas a morir. Y más cuando te queda tan poco. Pero pienso disfrutar estos tres años al máximo.